Los invasores.
Los invasores.
Llegaron por
diferentes razones, se adaptaron, y no piensan irse.
Por Víctor Fratto, Especialista en Áreas
Protegidas, Comunicación Estratégica y
Desarrollo Sustentable
Cientos de especies de plantas y animales conviven con
nosotros hace tanto tiempo que ya forman parte de nuestro paisaje, al punto tal
que las hemos incorporado a nuestra cultura como propias. Ni “El Gaucho Martín
Fierro”, ni “Don Segundo Sombra” han podido escapar de la invasión. Entre sus
páginas, estas especies se cuelan como parte de la cotidianidad gauchesca.
¿Por qué son invasoras? El diccionario nos ofrece diferentes
definiciones que se ajustan perfectamente a la realidad: un invasor es aquel
que ocupa anormal o irregularmente un lugar, es el que entra y se propaga en un
lugar o medio determinado. También, el
invasor es definido como aquel que entra injustificadamente en funciones ajenas,
y es que justamente ese es el mayor problema que generan las especies
invasoras: ocupan un lugar que no les pertenece y compiten con las especies
nativas.
Cuando las plantas o animales foráneos son introducidas
intencional o involuntariamente a un ambiente nuevo, de que no es originario,
se produce lo que se llama una invasión biológica. Quizás una las primeras
referencias de una invasión en Argentina la tenemos por parte del mismísimo
Charles Darwin, quien en su libro El Origen de las Especies (1859), ya hace
referencias a los cardos que cubren la región pampeana. Y es que acaso, no hay
algo tan propio del paisaje de la pampa que tomar unos mates a la sombra de un
paraíso o eucalipto mientras se contemplan los cardales? Bueno, no. El paraíso
es asiático, los cardos son europeos y los eucaliptos (que son
australianos) fueron traídos por
Sarmiento entre 1868 y 1879.
En el caso de los animales, éstos han sido los causantes del
retroceso de numerosas especies autóctonas. La caza fue uno de los principales
motivos por los que fueron traídos, ya que para los cazadores de raíces
europeas, la fauna argentina no estaba a la altura de la del viejo mundo y por
lo tanto era necesario “enriquecerla”. Y así llegaron la liebre europea, el
jabalí, el ciervo colorado y otras.
Los ríos y lagos tampoco se salvaron de la invasión. Las
truchas comenzaron a sembrarse, con fines deportivos, en nuestras aguas
patagónicas en 1904. Prontamente alcanzaron una gran dispersión causando la disminución
de especies nativas como la perca y el pejerrey patagónico.
¿Protegerlas o no
protegerlas? Esa es la cuestión.
Si consideramos que las especies introducidas no encuentran
aquí sus predadores naturales, que muchas veces no hallan límites para su
expansión y además afectan de forma negativa al ambiente, sería lógico pensar
que lo correcto es erradicarlas. No obstante algunas tienen valor comercial y
es aquí donde comienza la polémica.
Sabemos que las truchas fueron introducidas desde
Norteamérica y una vez adaptadas a nuestro ambiente perjudicaron a peces
autóctonos. Sin embargo, la pesca deportiva es parte de la industria del
turismo, genera trabajo para guías de pesca, beneficia a los alojamientos
turísticos y mucho más. Por todo esto es que las pesca de estos salmónidos se
encuentra regulada y las provincias cuentan con cuerpos de inspectores de
pesca. Algo similar ocurre con el ciervo colorado y el jabalí. Ambos afectan
los ambientes naturales, pero a pesar de ello hay cotos de caza legalmente habilitados,
incluso dentro de los parques nacionales (14 en el P.N. Lanín y 8 en el P.N.
Nahuel Huapi).
No se puede dejar de mencionar a la rosa mosqueta y la
variada gama de productos que derivan de esta planta originaria de Europa de
Este. No solo ha modificado el paisaje, sino que ya ocupa grandes extensiones
del bosque nativo andino patagónico. No obstante, cientos de personas hacen uso
comercial de esta especie, por lo que sería impensado hacerla desaparecer.
Entonces…qué hacemos?
En primer lugar, no se puede generalizar. Es necesario
analizar cada caso en particular y no puede hacerse teniendo en cuenta sólo al
ambiente sin considerar al hombre. Sí es necesario establecer programas de
control donde no lo hay y dar continuidad a los existentes. No podemos pensar
en una erradicación total de rosa mosqueta en la cordillera, pero sí en evitar
que se propague en ambientes donde aún no ha proliferado. Una buena medida
sería quitar las pocas rosas mosquetas que ya hay en Península Valdés. Lo mismo
ocurre con el jabalí en el área protegida mencionada. Este animal significa un
serio peligro, tanto para la fauna local como para el ganado.
En el caso de las truchas, es importante no sembrar en
espejos de agua que están libres de ellas, a modo de preservar algunos sitios
intactos para que puedan sobrevivir las especies nativas.
Los invasores están entre nosotros, la mayoría ya estaban
cuando nacimos. Seguiremos conviviendo con ellos, pero teniendo siempre como
premisa que la preservación de flora y fauna nativa es el único modo de
mantener un ambiente sano para notros y para los que vienen después.

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