Caza de lobos en Península Valdés
Caza de lobos en Península Valdés: la vieja industria que contrasta con el uso turístico de hoy.
Por Víctor Fratto, Especialista en Áreas Protegidas, Comunicación Estratégica y Desarrollo Sustentable.
Desde hace por lo menos 5.000 años, las focas y lobos marinos, fueron utilizados por el ser humano con diferentes propósitos. En la Patagonia, las comunidades originarias cazaban estos animales, de los que hacían un aprovechamiento integral ya que utilizaban tanto la grasa, como la carne, los huesos y el cuero.
Más cerca en el tiempo, los navegantes y exploradores que circundaron el extremo sur de Sudamérica, encontraron en estos mamíferos (también en aves costeras como pingüinos) una importante fuente de proteínas. Desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad se los caza comercialmente por su cuero en distintos lugares del mundo. En la región patagónica se los cazó hasta el año 1953, sin embrago la prohibición no llegarías hasta 1974.
Según estudios realizados sobre la población de lobos marinos por el Dr. Enrique Crespo, del CENPAT, “se estima que la abundancia a principios del siglo pasado fue de aproximadamente 420.000 ejemplares distribuidos entre el norte y centro de Patagonia. El resultado más interesante indica que luego del final de la remoción por caza, la población sólo representaba el 10% de su abundancia pre-explotación y en la actualidad llega apenas al 40% del tamaño poblacional original”.
Sólo en Península Valdés, entre los años 1917 y 1953 se mataron más de 260.000 lobos marinos, con el objeto de comercializar su cuero y aceite producido a partir de la grasa.
En el año 1918 en Ministerio de Agricultura de la Nación entrega la concesión de las primeras loberías de Península Valdés para la explotación de este recurso. El hecho de que en esa época se considerara a los lobos como importantes competidores para la pesca, ayudó a tomar esta errada decisión. De esta forma, una actividad extractiva y poco sustentable como la faena de lobos y elefantes marinos, comienza a realizase con el aval del gobierno. La industria comienza con la contratación de seis loberos de origen vasco, que ya contaban con la experiencia de haber cazado lobos en forma furtiva.
Hoy en día, si la actividad continuara vigente, podría catalogársela como “trabajo insalubre”. El Dr. Claudio Campagna describe la tarea como ingrata, “Vivían varios meses del año en condiciones precarias, desempeñando un trabajo violento, sucio y peligroso. Pasaban gran parte del día con la vestimenta empapada, soportando el desgaste del clima patagónico. Por las noches dormían en casillas de chapa o en cuevas cavadas en los barrancos”. A los loberos se les pagaba por pieza cobrada y llegaban a faenar unos 300 animales por día.
El cuero de lobo marino se utilizaba para talabartería, como cintos, lazos, baúles de cuero. Pero no servía para calzado ya que absorbía la humedad y se deformaba, no así el cuero de vaca. La grasa era derretida en las factorías que se hallaban distribuidas por Península Valdés para convertirla en aceite de uso industrial y para la fabricación de jabones.
DE LA PLAYA AL MERCADO
El proceso de industrialización comenzaba en la playa. Aprovechando la bajamar, los loberos rodeaban los grupos de animales hasta interponerse entre ellos y el mar. Los lobos intentaban huir al agua y era allí cuando se los mataba o al menos aturdía de un garrotazo en la cabeza. Si había algún cañadón cerca, se los podía arrear hacia el mismo y luego acorralarlos allí mismo.
Una vez terminada la matanza, en la misma playa, se extraía el cuero junto con la capa de grasa que podía tener hasta 7 centímetros. Los cueros eran trasladados hasta las factorías donde se les separaba la grasa que sería derretida en grandes ollas.
INFOGRAFÍA: CÓMO FUNCIONABA UNA FACTORÍA DE LOBOS
A los cueros se les lavaba los restos de sangre y otros contaminantes para luego salarlos y apilarlos a modo de fardos. Tanto los cueros como el aceite se transportaban a Puerto Pirámides, para luego embarcarlos hacia Buenos Aires.
EL FINAL DE LA INDUSTRIA
Gracias a la aparición de otros sustitutos al cuero y aceite de lobo o elefante marino, en 1953 la industrialización de estos productos en Península Valdés, dejó de ser rentable y cerraron las factorías. No obstante, recién en 1974, por Decreto 1216 se prohíbe la caza de estos animales en todo el mar territorial argentino.
Si bien hoy sabemos que esta actividad podría haber puesto al borde de la extinción a algunas especies, no podemos dejar de ver a los loberos dentro de un contexto histórico, en el cual la matanza de lobos marinos estaba habilitada y regulada por el gobierno, y que en este trabajo tan riesgoso encontraron un sustento para vivir.
De apoco las colonias de lobos y elefantes se van recuperando. Difícilmente, por la expansión de las actividades del hombre y la urbanización, lleguen a haber en la Patagonia la misma cantidad de animales que había antes de su explotación. Nos queda la enseñanza de lo peligroso que es realizar actividades extractivas sobre la flora y la fauna sin contar con estudios serios, realizados por profesionales, que garanticen la sustentabilidad de los recursos.



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