Coronavirus ¿La última pandemia?
Coronavirus ¿La última pandemia?
Por Víctor
Fratto, Especialista en Áreas Protegidas, Comunicación Estratégica y Desarrollo Sustentable
Se calcula que el 60% de las epidemias emergentes tienen su origen en especies animales y dos terceras partes de estas en la fauna salvaje. Las modificaciones que provocamos en sus hábitats ocasionan cambios en la biología de las especies de fauna (alimentación, comportamiento, reproducción, mortalidad), que puede tener repercusiones importantes en las poblaciones humanas. Destruir ambientes naturales es como arrojar una piedra al aire, puede que no nos caiga en la cabeza, pero de tanto intentarlo, cada cierta cantidad de tiempo, una piedra nos golpea.
Esto ya pasó antes.
El virus Nipah se detectó por primera vez en 1998 durante un brote en Malasia. Las personas infectadas suelen presentar fiebre, malestar, dolor de cabeza, mialgia, dolor de garganta, náuseas y vómitos, acompañados en ocasiones de vértigo y desorientación. Los casos graves progresan hasta una encefalitis, que puede complicarse con convulsiones y coma. El 20% de los supervivientes quedan con secuelas neurológicas. El virus suele portarlo el murciélago frutero. Los ganaderos soltaron a los cerdos para que se alimenten libremente en el bosque, hasta que un cerdo se alimentó de un fruto, pre-masticado por un murciélago y se infectó. De ahí pasó al hombre. En este brote murieron 100 personas y hubo 300 infectados, que por suerte no subieron a aviones y transportaron el virus por el mundo. Algo similar ocurrió con el virus Hendra en Australia, donde hubo un brote en 1994 afectando a caballos, que ingresaron a ambientes silvestres, y pasaron la enfermedad a humanos. Según la Organización Mundial de la Salud, este virus tiene una tasa de letalidad del 75% y no hay vacuna. Otra vez, por suerte, el virus no recorrió el mundo.
Así hubo otros brotes de los cuales ni nos enteramos porque no han llegado a golpear la puerta de nuestras casas como sucede hoy con el coronavirus. Hay que saber que los animales silvestres pueden ser portadores de enfermedades (aunque no siempre se enfermen), sin embargo, tan solo conocemos el 1% de los virus que habitan en la naturaleza.
Esto está pasando ahora.
En la Amazonía un estudio mostró que un aumento de la deforestación en un 4% aumentó la incidencia de la malaria en casi un 60%, porque los mosquitos, que transmiten la enfermedad, prosperan en la combinación correcta de luz solar y agua en las áreas recientemente deforestadas. Otro factor que favorece la proliferación de la malaria y otras enfermedades es el Cambio Climático. El hecho de que se prolonguen las estaciones o haya temperaturas apenas un poco más elevadas en lugares donde no las había, hace que enfermedades transmitidas por vectores alteren su distribución geográfica. Según el profesor Steve Lindsay de la Universidad de Durham, para el 2080, hasta 320 millones de personas más podrían estar afectadas por la malaria debido a esas nuevas zonas de transmisión. El paludismo también depende mucho del clima. Es una enfermedad transmitida por mosquitos del género Anopheles, que mata a casi 600.000 personas cada año. Los mosquitos del género Aedes, vector del dengue, son también muy sensibles a las condiciones climáticas. Los estudios al respecto llevan a pensar que es probable que el cambio climático continúe aumentando el riesgo de transmisión del dengue. Está visto que no podemos seguir viendo a estas enfermedades como que solo ocurren allá lejos y en países pobres. El coronavirus nos ha demostrado que un virus nos puede llegar fácilmente desde cualquier rincón del planeta.
Cuestión de prioridades.
Hoy en medio de una pandemia, los países se debaten entre “salud o economía”. Pero desde siempre el debate ha sido seguridad, economía, salud, educación, justicia “o ambiente”. Entre todas estas prioridades, el ambiente, la investigación y la conservación siempre quedan en último lugar. Ahora, la desesperación nos lleva a acordarnos de los científicos. Entonces, nos damos cuenta que el trabajo investigadores que estudian un pequeño ratón en medio del desierto o la dieta y enfermedades de seres humanos que vivieron hace miles de años, resultan en estudios que pueden salvar vidas. Del mismo modo el trabajo de guardaparques y responsables de administrar ambientes naturales, ayudan a mantener el equilibrio necesario para que podamos disfrutar de nuestro entorno sin degradarlo y de manera segura.
No es salud o ambiente, educación o ambiente, seguridad o ambiente. Es un todo, porque el ambiente involucra todos esos aspectos y mucho más. Ojalá este periodo de ralentización del ritmo de nuestras vidas nos sirva para replantear también nuestras prioridades. Como individuos y como especie, nos jugamos la felicidad actual y la supervivencia futura.

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